en el universo de las maravillas
soñar – viajar – sentir – vivir
Cayó el Muro de Berlín. Parecía que el Este de Europa se liberaba del poder soviético. La euforia de recuperar las libertades robadas se apoderaba de los países socialistas. Uno tras otro emprendían una transición a la democracia. Las repúblicas soviéticas reclamaban su independencia y se separaban de la Unión Soviética. En los Balcanes estallaban guerras. Reemergían los estados independientes. Cada país comunista anhelaba una democracia con derecho a dignidad y libertades fundamentales. Los años venideros trajeron otra realidad menos eufórica.
“¿Qué es la textura, Maestra? ¿Cómo es?” resonaba la pregunta.
La Niña de la Aguja reparó en cada una de las palabras. Recordó el día de aquel invierno frío cuando por primera vez entraba en el lúgubre taller de costura donde se había forjado su destino. Volvió a sentir cómo los dedos entumecidos se deslizaban por la tela. Sentía la textura del tejido. Comprendió que la textura daba el alma.
Amanecía. La ciudad de Salamanca todavía dormía. El crepúsculo se disipaba por las silenciosas calles. El eco de los pasos retumbaba por las baldosas que servían de vestimenta de las angostas travesías. Las pocas luces se asomaban por las ventanas de los edificios cuyos destellos se perseguían por la piedra franca que cubría las fachadas de los eternos palacetes solariegos.
A lo alto del Monte de Peña, rodeado de árboles frondosos, un monasterio se divisa. Un Guardián del Monte asemeja. Por encima de la llanura se asoma, una ciudad observa. El horizonte el monasterio y la ciudad separa, y el horizonte los dos acerca. El Monasterio de Santa Marina y Guimaraes.
Agazapado en una peña, apenas perceptible, el Atalaya del Fin del Mundo el mar contempla. Unas hortensias rosado-azules, como guardianes sigilosos, la entrada vigilan. El camino al interior de la fortaleza señalan. Un rumor se percibe. La curiosidad despierta. Adentro un Mago un cuento de dos partes cuenta...
Allende los confines celestes, en una esquina, el Atlántico se desvía. Sus aguas en la tierra se adentran. Un largo pasillo acuático forman. A un lugar enigmático encaminan. Los bosques lo acobijan. El mar lo protege. Dos castillos lo defienden. Un tercer castillo el paso marítimo vigila. Entre las dos orillas opuestas una cadena se extiende. El acceso prohíbe, a los bajeles frena. Si con buenas intenciones se va, al interior se permite avanzar. Unos portones invisibles se abren. Un reino de historias y secretos se vislumbra. A pasos lentos a un chocolate gigantesco se llega.
Vuelve a casa por Navidad”, sonaba el anuncio de un turrón. La conmovió como la primera vez cuando lo escuchó en una tienda. La casualidad de la coincidencia la hizo sonreír. Apagó la tele y con pasos rápidos se dirigió a la puerta donde aguardaba la maleta grande. Ella misma volvía a casa por Navidad. Regresaba al lugar donde estaba el hogar que en ninguna parte del mundo tendría. La casa donde se vuelve a casa.
Al empujar el portón pesado de una casa antigua, comienza la narración. El inicio suena en pasado. La continuación se vive en presente. El anfitrión con amabilidad recibe en el zaguán. Invita adentro. Ofrece comida recién hecha a los que desean quedarse. A los apreciadores de vivencias que emanan del entorno, narra la historia del “Hombre que pasea las carnes”.
Un muro centenario, camuflado entre los árboles, observa una vía. Cuando se le acercan, emerge de su escondite, dispuesto a interrumpir el silencio. Si desean escucharlo, invita a detenerse en frente de los arcos donde un día hubo una fuente. Y comienza a narrar la historia del Convento de San Francisco.
Aquende las cuatro villas de Amaya, donde una carretera atraviesa la interminable llanura de Burgos y se desvía de Sasamón, se hallará el Reino de Salaguti. Un reino pequeño de tamaño e inmensurable de dimensiones. Murallas no lo rodean. Fronteras no tiene. Leyes discriminatorias no imperan. La diversidad se respeta. La imaginación determina las reglas.
Cuando se cuenta, es un cuento. Cuando a la plaza de un lugar lejano se llega en el presente transcurre. Con unos barcos de papel empieza y un final feliz sin fin tiene.
En una calle madrileña, ni tan pequeña, ni tan grande, existe un rincón inolvidable. Con una espontaneidad natural invita. Con una sonrisa cordial recibe. Con un afecto sincero despide.
Donde antaño el Océano Atlántico marcaba el sendero a las oportunidades lejanas y los gallegos partían en barcos hacia un porvenir desconocido, hogaño los cruceros marcan un camino distinto. Un destino hacia Galicia en busca de secretos y oportunidades escondidas entre los callejones sin salida de su capital o dispersas por los pueblos del Sur al Norte.