La Quinta de San Francisco

Mobirise

Un muro centenario, camuflado entre los árboles, observa una vía. Cuando se le acercan, emerge de su escondite, dispuesto a interrumpir el silencio. Si desean escucharlo, invita a detenerse en frente de los arcos donde un día hubo una fuente. Y comienza a narrar la historia del Convento de San Francisco.

Allende donde se extiende Castilla existe un lugar. Allá los inviernos son fríos, los veranos calurosos. Las primaveras a veces tardan en venir. Cortos son los otoños. Las estaciones se turnan y suceden al paso de los peregrinos que siguen la senda del Apóstol Santiago.

Los árabes le dieron el nombre. Les impresionó el color rojo de la tierra y el castro agazapado entre las colinas. O quizás quisieron rendir homenaje a aquéllos que derramaron la sangre en batallas despiadadas. Castro de Xaraiz llamaron aquel lugar. Al transcurso de los siglos, las dos palabras se juntaron. Simplificaron el nombre. Castrojeriz...

Castrojeriz conoció y conoce destinos diversos. Silencia más de lo que cuenta y contará. Acogió a los visigodos, amparó a los celtas, atrajo a los romanos. Vio la gloria de los moros. Presenció batallas sangrientas entre cristianos y musulmanes. Sufrió la crueldad. Lloró la persecución de los sefardíes. Disfrutó de bonanzas y esplendores. Sucumbió en el olvido y resurgió del olvido.

Corría el año 1315 cuando los franciscanos llegaron a Castrojeriz. Dos Conventos, el de Santa Clara y el de San Francisco, marcaban los confines de la villa. Los franciscanos respetaron un ritual no escrito. Se establecieron en el Convento de San Francisco cerca de las clarisas que habitaban el Convento de Santa Clara. Aislados de lo mundanal, en la distancia se hacían compañía.

Los franciscanos consagraron sus esfuerzos a la enseñanza gratuita. A muchos enseñaron los límites infinitos del conocimiento y donaron las alas del saber. Indicaron el horizonte e instruyeron en ver más allá de lo consuetudinario y las reglas imperantes.

El Camino de Santiago involucró a los franciscanos en otras labores. Cuando se terminaban las clases y los alumnos se retiraban a hacer los deberes, se ocupaban de los peregrinos. Los alojaban y auxiliaban.

Las penurias de los peregrinos cambiaron los quehaceres de los franciscanos. Priorizaron otro menester. Se dedicaron a ayudar a los sufridos y a los sufrientes. Los recibían y despedían. Saciaban su hambre. Curaban y aliviaban los sufrimientos. Los deberes de los franciscanos y las necesidades de los necesitados los obligarían a trasladarse hacia la ciudad, junto a la muralla, en la ruta por donde pasaba el Camino de Santiago.

Los muros gruesos del Convento eran la conexión entre el interior y el exterior. A los fuertes ofrecían reposo y comida, a los exhaustos y a los enfermos, un monje abría la puerta e invitaba al interior.

Los acontecimientos laicos enfrentaron a los franciscanos a dificultades imprevistas. Debieron irse. Desalojaron el Convento.

Poco más se sabe de lo que fue y lo que ocurrió con el Convento de San Francisco. Apenas unas líneas resumen cuándo se construyó, dónde se ubicaba y a qué actividades se dedicaban los monjes.

De pronto el muro enmudece... Aquí termina la narración. Y se dispone a contar una historia diferente, una historia en presente.

Conocerla, es posible. Se debe doblar la esquina y seguir la línea intuitiva que marcan las piedras centenarias. El antiguo muro se junta con otro de estilo contemporáneo. Dirige a un portal modernizado. Las reglas no han cambiado. Acceder adentro, se ha de llamar a la puerta.

El portón ya no pesa tanto. Un metal ligero ha sustituido la madera maciza. Inútil sería buscar la aldaba. La tecnología facilita la tarea. Un timbre diminuto sugiere apretarlo. La mano no agarra la manita de hierro forjado para dar un golpe fuerte. El pulgar aprieta un botón blanco.

Detrás de la rejilla no se abre una ventanilla. Ha transmutado en un video-portero. La cara del monje no se acerca a la mirilla. Una voz responde desde la lejanía. Un telefonillo trasmite las preguntas y devuelve las respuestas.

No se escucha el crujido de la cerradura cuando el fraile introduce la llave pesada colgada de la cuerda que rodea su cintura. La tarjeta mecánica es ligera. Un pitido anuncia que la puerta en breve se abrirá.

Una serenidad profunda envuelve el entorno. Un amplio jardín invita a proseguir adentro. Una higuera da la bienvenida. Se perciben unas actividades más propicias a lo mundano que a la rutina de los frailes.

La vista se desliza hacia el extremo opuesto donde la flor de los frutales empieza a transformarse en las frutas que van a sucederse al ritmo de las estaciones. Se percibe el olor a hierba cortada que el sol irá secando a lo largo del acalorado día primaveral.

Un camino adoquinado conduce a la entrada de un edificio. La cotidianidad de los frailes ha cambiado. Un ambiente diverso dicta las normas. Algunas costumbres añejas se han preservado, otras se han actualizado.

La hospitalidad es la regla de la casa. Las comidas obedecen a horarios estrictos. Los habitantes permanentes de la casa desempeñan con puntualidad las tareas asignadas. Al amanecer los madrugadores interrumpen el silencio. El olor a hierba fresca penetra por las ventanas cerradas. Anuncia la hora de levantarse. Pasos resuenan por el patio interior al unísono del agua de la fuente. El aroma del café alcanza a los olfatos. Incita a apresurarse. Si no se aprovecha la mañana, todo el día se pierde.

Poco a poco los inquilinos se despiertan. Se escuchan sus conversaciones. Llenan el comedor. A veces son más, a veces menos. Varían en función de la estación y la temporada, de perfil y de preferencias. En primavera y verano quizás predominen los peregrinos, en otoño e invierno se aprovechan los fines de semanas. Los días festivos se reservan para los descansos placenteros y las escapadas de las ciudades.

Las labores se suceden y ajustan a las estaciones. Los inviernos fríos suponen menos trabajo en las inmediaciones de la casa. La primavera llega con el despertar de los árboles. La hierba verde rodea los amplios espacios, los frutales se cubren de flores blancas y rosadas. El cantar de los pájaros presagia la llegada del buen tiempo. Los peregrinos se siguen en fila por la carretera.

La primavera cede su protagonismo con las primeras cerezas y se diluye en el verano. El estío caluroso es testigo de visitas incesables, de conversaciones en lenguas diversas y experiencias inimaginables. El otoño otorga sus colores y frutos con las cuales los frailes se preparaban para el largo invierno duro.

Sin ni siquiera ser consciente la vista avista cómo el Convento de San Francisco se transforma en la Quinta de San Francisco.

Lo antiguo convive con lo actual. Los hábitos de los monjes franciscanos se han ido modernizando acorde a los requisitos de preservar el medio ambiente. Se aprovechan los recursos del entorno y la generosidad de la naturaleza. El agua de la lluvia se utiliza para regar las plantas, el sol crea energía. Unas placas solares reposan en el jardín. La intensa luz anaranjada los asemeja a un puente sobre un riachuelo. La fruta y la verdura del huerto son las comidas gourmet a gusto de los comensales. Una fruta fresca, un postre con ingredientes locales, una mermelada con los higos de la higuera, un tomate con aceite de oliva virgen, unas ensaladas saludables.

Un edificio coqueto suscita a reorientarse a la entrada. El anfitrión saluda desde la recepción. A última hora de la tarde la tranquilidad se ha apoderado del vestíbulo. No se percibe la presencia de otros inquilinos. Sólo la música de fondo le hace compañía. Desde el patio interior se escucha el murmullo de la fuente. Se adentra en un lugar donde lo mundano se asoma de la comodidad estilosa mientras lo espiritual llena el espacio. Nadie perturba la serenidad. El teléfono suena con discreción. La voz, que contesta a las llamadas, se adapta al sosiego que el salón inspira.

Un amplio espacio dividido en dos hace de vestíbulo y recibidor. Un armario marca el lugar de trabajo para unos y el lugar de reposo y descanso para otros. No es un mueble cualquiera. Regala pequeños placeres que hacen el día más apacible. Una máquina de café invita a un café. Sugiere disfrutarlo con las galletas artesanas de las clarisas del Convento de Santa Clara. Parecen pocos los atrevidos a sucumbir en la tentación o con frecuencia las reponen. Más bien lo segundo. Las clarisas las preparan frescas cada día.

Las galletas avivan la curiosidad de visitar a las clarisas. Verlas, imposible. Permanecen invisibles. Saludarlas, quizás más probable. Al comprarles las galletas, algo de cercanía con ellas se consigue.

Los muebles de estilo simple derrochan elegancia y bienestar. Huele a madera pulida cuyo olor se mezcla con el aroma que desprende una esencia italiana. El ronroneo de la fuente hace un dúo con la música de fondo. El suelo blanco reflecta los rayos del sol e ilumina con más intensidad el interior. El contraste entre los colores hacen más visible el interior y más cercano el exterior.

La chimenea permanece acallada. Apenas alguien se le acerca. Las llamas no revolotean. Las chispas no lanzan haces de luz. Hasta el otoño nadie le exigirá trabajar. La única privilegiada de la finca con derecho a vacaciones, la chimenea disfruta de un reposo placentero.

El salón acerca al arte y a la artesanía de Castilla. Tienta a sentarse en los cómodos sofás. Los libros ostentan desde las estanterías. Aguardan a que se les acerquen. Unos vienen de lejos, otros cuentan cuentos de las Cuatro Villas de Amaya. Guías informan sobre el Camino de Santiago. Se encuentran lecturas en idiomas distintas, los géneros se adaptan a gustos dispares.

El ala opuesta al salón alberga las habitaciones. Acogedoras y luminosas, lejos de la austeridad de los frailes franciscanos. Si unas premian con terrazas otras recompensan con salidas directas al jardín. Los tonos cálidos aclarecen los espacios. Libros esperan a que alguien se acueste en la cama y tienda la mano a abrirlos.

Algo de austeridad se detecta. El suelo no es de madera ni una suave alfombra acaricia los pies descalzos. Prioridad se ha dado a la comodidad de los peregrinos y a aquellos que se encargan de la limpieza. El barro polvoriento impregnado en los zapatos y la ropa por el camino ni perjudicará ni dejará rastros imborrables. El suelo blanco reluce resplandeciente. Se ha utilizado un material que no afea el interior y permite mantenerlo impoluto.

Y cuando apetezca encender la tele, la mano en vano palpará por la estantería encima de la cama. No encontrará el mando a distancia. El contacto con lo terrenal se establece en el exterior, lo espiritual se reserva para el interior.

En la Quinta conocen las necesidades del camino largo. El menú de día está pensado para dar fuerzas. La cena empieza pronto. A la mañana siguiente la mayoría se levantará temprano. Aquéllos que atienden, aquéllos que deben continuar.

Al atardecer el silencio sigue envolviendo la Quinta de San Francisco. Afuera el alboroto recobra protagonismo por las calles de Castrojeriz. Es la hora de salir, hacer recados, alguna compra. Charlar con los vecinos, informarse de lo que ocurre en la zona. Los bares empiezan a abrir. Los primeros clientes se asoman a las puertas, entablan una conversación en el umbral con el dueño. Otros vecinos se juntan al grupo. En las plazuelas las señoras intercambian detalles sobre los acontecimientos recientes en el pueblo. Unos salen a pasear, otros a tomar algo en una terraza. Largos son los días en primavera y verano. Permiten compaginarlo casi todo.

Unos peregrinos se han parado en la calle Mayor. Quizás la única calle Mayor por la cual pase el Camino de Santiago y los peregrinos cruzasen un poblado entero. Se percibe enseguida quién acaba de llegar y quién lleva ya unos días en Castrojeriz.

No muy lejos de aquella calle Mayor el antiguo muro historias continúa narrando...Érase una vez un pueblo perdido en el olvido. El Camino de Santiago lo puso en el camino. Le concedió el privilegio que ningún otro pueblo poseía. Pasar por su calle Mayor, la más larga calle Mayor que cruza el pueblo de un lado a otro. Cuando exhaustos los peregrinos se detenían en Castrojeriz, los monjes los amparaban y ayudaban en el Convento de San Francisco. Los años transcurrían, los siglos se turnaban. Los frailes franciscanos se fueron, las ruinas del Convento enmudecieron. De pronto algo ocurrió. El antiguo muro resucitó de las ruinas. Se transformó en una bonita quinta. La Quinta de San Francisco.

Antes de que el Camino de Santiago continúa por la calle Mayor de Castrojeriz, San Francisco invita a la Quinta de San Francisco. Seduce con placeres. Incita a un reposo placentero. Los sucesores contemporáneos de los frailes franciscanos preservan la tradición. Reciben y despiden a quienes cruzan el umbral. Y auguran... ¡Buen camino!

La Quinta de San Francisco
Carretera Hontanas 24-28
09110 Castrojeriz
Burgos

La Casa de la Princesa, el 11 de julio 2022, el 22 de junio de 2023
B.S

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