Cuando se cuenta, es un cuento. Cuando a la plaza de un lugar lejano se llega en el presente transcurre. Con unos barcos de papel empieza y un final feliz sin fin tiene.
Adonde el Fin del Mundo se alcanza, un pequeño pueblo con el mismo nombre se esconde. Más allá, sólo el Océano Atlántico se extiende. Si el viento la rabia acuática provoca, con fuerza la costa ataca y una espuma blanca las olas disipan. Si el sol en las aguas su imagen observa, el mar con ternura acaricia la tierra y a los lugareños sus delicias ofrece.
Unos barcos de papel, que de una pequeña playa salieron, por el río Miño se deslizan. El viento los mueve, la corriente marca el rumbo de vuelta hacia el Atlántico. El destino a una plaza diminuta del pueblo pequeñito los condujo, y en el Fin del Mundo se quedaron. Un puerto protegido en una casa de remo encontraron.
Cuando el azar a aquella plaza encamina, una puerta de cristal la atención reclama. Asemeja un espejo callejero en el cual se reflejan los edificios que rodean el espacio. La mirada se detiene en los contornos centelleantes por la superficie transparente. Las reverberaciones provocan al escaparate acercarse. Con las manos alrededor de las sienes, sombra se hace en un intento de adivinar lo que más adentro se oculta. Hasta donde la luz diurna alcanza el interior, se divisan las estanterías repletas de jarritos con contenidos variopintos, paquetes y cajas de galletas seductoras, botellas de licor y cerveza, mermeladas y conservas, vinos y vermut, aceite de oliva...
En el fondo una escalerita blanca las esquinas suaviza, hacia la azotea culebrea. Cuesta detener el instinto de fisgonear adentro. La segunda planta aún un misterio aparenta. Los curiosos las caras del cristal apartan, y con la mano la puerta empujan. Instantes antes de entrar, en un dibujito estilizado reparan. Un pececito huesudo la dirección indica y lo que se ofrece suscita. Con discreción y estilo, el secreto del local desvela. Comida e bebida xeitosa en una tienda de ultramarina.
Mas un museo asimila. En una casa de remo se entra. Entre las paredes de piedra tallada el pasado del pueblo se oculta. Los gallegos al pragmatismo suyo solían recurrir. En las aldeas de la costa no se complicaban a medir el terreno donde las casas construían. De un metro especial disponían. Al remo de la barca recurrían. Cuanto más largo el remo, más grande sería la casa. Lo ponían y las inmediaciones de la casa marcaban. Cálculos simples, medidas exactas. Más grande el barco, más largo el remo, más rico el dueño, más amplia la casa.
Al abrir la puerta, la cocina discreta detrás de una barra de madera se agazapa, cediendo el protagonismo al recibidor. Las estanterías minúsculas se reparten el espacio de las paredes. Repletas de deleites, aguardan a que los visitantes se acerquen y un recorrido por la costa y el interior de Galicia emprendan. Pueblos y aldeas saltan de las etiquetas, mientras las delicias seducen a probarlos e incitan a visitar a los lugares con nombres de tres letras o con una pronunciación ajena al castellano.
La artesanía, que el pasado con el presente del Reino Galaico conecta, la mirada reclama. Imposible es frenar el deseo de fisgar en derredor. Los exponatos artesanales el orden respetan. Se suceden y complementan. Cestas y utensilios de madera, bolsitas y prendas de textil, zapatos y zapatillas, platos y bandejas de madera, cerámica en variaciones de tazas y tacitas, platos y platitos. En una esquina, un maletín con las herramientas de picnic aguarda en espera de que alguien se lo lleve y de comida lo replete...
En el fondo del recibidor de la tienda, una escalerita culebreante a la sala principal guía. Los peldaños blancos la tenue luz reflejan, acentuando el color de la piedras que componen los muros.
Cuadros y fotos por las paredes se persiguen. Un puente al pasado del pueblo del Fin del Mundo tienden. En una foto de colores desvanecidos, el faro solitario en una roca indicaciones a los marineros suministra, y los barcos al puerto se acercan. El mar revuelto, en otra fotografía en blanco y negro dice más de los peligros que a los pescadores acechaban que la misma imaginación. Las imágenes sugieren qué oficios en el pueblo se desempeñaban y cómo la cotidianidad transcurría. Los siguen los cuadros de la propia dueña que una artista es. Las obras de artesanos gallegos la acompañan en la exposición, y entre ellos a ratos unos barcos de papel se asoman.
Al cruzar el umbral de aquel salón entre el cielo y el mar, los olores alcanzan los sentidos, las sensaciones se avivan. Adentro huele a comida rica y a pan caliente. Huele a café y a galletas de canela. Huele a mar y a tierra. Huele a ultramar. Los olores del pasado, los sabores del presente enfatizan.
En un único instante, justo antes de dejar el último peldaño y al salón adentrarse, se descubre en qué consiste el encanto del lugar. Como si fuese un tres en uno. Tienda, taberna y museo. El antaño con el hogaño convive. Lo antiguo lo moderno complementa.
El suelo de madera cruje como si contase los pasos y midiese la amplitud. Una mesa ovalada de madera, como un reloj antiguo, marca el tiempo con los rasguños que los cuchillos y las vasijas han ido incrustando en la superficie desgastada. Unas sillas, que la misma edad tendrían y quizás en el mismo taller los hubiesen tallado, la mesa rodean. Los asientos decolorados embellecen el juego, y en silencio musitan cómo era la vida de aquellos que por primera vez los utilizaron. Los rastros de las velas entre las grietas cuentos diversos cuentan. Los ángulos pulidos recuerdan las sonrisas y las lágrimas que sus dueños a la mesa derramaron. Al allí sentarse, la vista se detiene en el ángulo por encima de los edificios que circundan la plaza. El puerto entre los tejados se atisba. Y en la lejanía se vislumbra el infinito azul del mar en el cual los barcos asemejan unos puntitos insignificantes e indefensos.
Del horizonte celeste a la carta la mirada se traslada. Antes de fijarse en el contenido, la vista detecta algo colocado entre el techo y la amplia ventana. El remo que las dimensiones de la casa autoriza. La madera grisácea del viento y el frío, agrietada del sol y la sal, una época pasada recuerda. La forma algo torcida ya no sigue fiel a la línea recta que el remo debería tener. Hacía mucho que con el barco no navegaba y a la fuerza de las olas no se resistían. Otra tarea le han asignado. A los ávidos de aprender lo que en pocos libros se describe, historias de las costumbres y los oficios en el pueblo del Fin del Mundo narra.
La carta es un mantelito de papel con lecturas y divertinajes. En un mapa, rutas por la región ofrece. Apunta que el fin de la tierra se ha alcanzando y en la peligrosa Costa Norte gallega se encuentra. Con señales distintivas la Costa da Morte se señala. Y si el hambre la paciencia vence, la carta incita a cogerla y barcos de papel ponerse a hacer.
Los deleites de la carta se desprenden. Los olores a los sentidos alcanzan, y los sabores el paladar agradan. A través de los platos, las bebidas y los postres un camino por el Reino Galaico se emprende y en la Costa da Morte finaliza. Se descubre que Cee, es un pueblo pintoresco, y nada con CEE, la Comunidad Económica Europea, tiene en común. Y si alguien la rubia gallega aún no conoce, si no la encuentra, al menos la oportunidad de saborearla se le brindaría.
Abajo en la plaza, desde la terraza de la taberna, la rutina de los lugareños se observa. La jornada a cámara lenta avanza. A la hora de la comida casi nadie está fuera. Unos pocos forasteros se pasean o al sol almuerzan. Procuran detener el verano, y al no hacer nada dedicarse.
A principios de septiembre hace calor. De la calma otoñal se asoman los hábitos y las costumbres, el amor y la envidia, las complicidades y las adversidades.
La brisa trae el olor a mar, mientras los niños juegan en el agua y sus gritos dan vida a la playa al atardecer rojizo. Los últimos ocupantes de la terraza acaban el almuerzo. Otros se levantan para ir perdiéndose entre las callejuelas por las cuales los gatos miradas desafiantes a los intrusos lanzan y las casas coloridas se suceden. Las escaleras estrechas entre los edificios conectan el puerto con el interior del pueblo, y el silencio silencia la monotonía cotidiana de los locales, mientras los últimos forasteros van callejeando como si hurgasen en los misterios prohibidos.
Los pasos resuenan por el pavimento de la plaza, y el eco entre las callejas los dispersa. Desde el puerto se escuchan los últimos ruidos del mercado que aquel día había reunido a los vendedores y a los productores de lugares más cercanos o más lejanos. Mientras recogen y ordenan los productos frescos en cajas, atienden a los curiosos ocasionales que en frente de los quesos se detienen o con ganas de probar estudian las enormes hogazas de pan en los puestos de al lado.
En la plaza los habitantes fieles a los quehaceres y los deberes permanecen. La cotidianidad inalterada las obligaciones atiende. A primera hora de la tarde, el barbero se encamina a cumplir con sus obligaciones. La puerta de la barbería abre y al primer cliente a atender se dispone. Un conocido suyo lo saluda y una conversación intrigante entablan. Evocan una imagen de un antaño lejano cuando en busca de clientes el barbero a un mensajero enviaba.
Los cafés en la terraza ya están servidos. Los comensales con el postre los disfrutan, retrasando el momento de levantarse y del no hacer nada ocuparse. La hora de cerrar en la taberna ha llegado. Volverá a abrir para ofrecer las cenas a los siguientes turnos. Y a aquellos que la ruta codificada entre los platos en la carta consiguen descifrar, el cuento de los barcos de papel contaría...
Un día un niño a su tía desafió. Si con él en casa se quedaba y como los demás por la mañana a trabajar no se iba, nada sabía hacer. Sin piedad ninguna, la sentencia definitiva dictaminó el pequeño. La tía el reto aceptó. Creatividad y habilidades al alcance tenía. Algo le podría construir. Unos barcos de papel. Y la playa en frente de la casa de barcos de papel le llenó.
Aquellos barquitos de la pequeña playa de Sardiñeiro al río Miño se fueron, por pueblos y montañas peregrinaron. Cuando su misión cumplieron, al Fin del Mundo regresaron. En una placita en Fisterra se pararon, y a puerto seguro en una tienda de ultramarina llegaron. Cansados de tanto navegar, se estacionaron. En cuadros y decoraciones preciosas se convirtieron. Una tienda – taberna de ultramarina vieron nacer, y los deseos de la tía Pal cumplieron. En el tablero de la entrada, los nombres de Etel y Pal incrustaron, y su amor a Etel & Pan vincularon.
En la Praza de la Constitución 10 el cuento de los barcos de papel continúa... La taberna silenciosa a empujar su puerta de cristal tienta. El pececito huesudo del logo en el escaparate una historia de anhelos y empeño musita. Y al girar la mirada hacia el horizonte celeste se divisan las estelas de los barquitos que salen al mar. Entre los destellos brillantes la vista avista el nombre de aquella taberna donde no se para sólo a comer. Mas a vivir lugares y saborear sabores. Y si el Norte se pierde, incita a aprender cómo los barquitos se construyen y los deseos cumplen.
Etel & Pan, Taberna Ultramarina en Fisterra - Reservas no admite, probar suerte sugiere
Praza Constitución 10
15155 Fisterra
A Coruña
Tlf.+34 606 216 152 / 981 740 640
P.S. A Palmira Castro cuyos barcos de papel a las tormentas se oponen y en las nieblas tenebrosas el rumbo no pierden...
La Casa del Bosque, el 19 de octubre de 2021
B.S.