Texturas

Texturas

“¿Qué es la textura, Maestra? ¿Cómo es?” resonaba la pregunta.

La Niña de la Aguja reparó en cada una de las palabras. Recordó el día de aquel invierno frío cuando por primera vez entraba en el lúgubre taller de costura donde se había forjado su destino. Volvió a sentir cómo los dedos entumecidos se deslizaban por la tela. Sentía la textura del tejido. Comprendió que la textura daba el alma.

Había emprendido un camino que la desviaba por los vericuetos, le deslumbraba o le iluminaba el horizonte. La aprendiz se había convertido en Maestra a la cual los alumnos hacían las preguntas.

La Niña de la Aguja observaba el Atelier vacío. En breve entrarían sus alumnos. Debería darles la respuesta. La exacta, encontrarla, no existiría. De haberla, no sería la correcta. Las exactitudes no se aplicaban a las texturas.

Rebuscaba la respuesta apropiada. Hurgaba entre las palabras como si quisiera sacar de un cajón la joya que matizaba la prenda y resaltaba la elegancia corporal. Evitaba la definición científica. Mejor no aplicar la terminología donde el estilo prima y la vestimenta incita a desafiar los desafíos.

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El silencio de la mañana la acompañaba. El amanecer despejaba los inabarcables campos charros por donde los rayos del sol saliente se disipaban sin conocer los límites. Aparentaban los pensamientos dispersos de la Niña de la Aguja en busca del secreto de la textura.

“¿Qué es la textura?” se repetía a sí misma. “¿Cuántas texturas habrá?” se hizo la pregunta que aún no le habían hecho.

De pronto se fijó en el ritmo de la música de fondo. Le gustaba la música clásica. La acompañaba a las primeras horas de la mañana cuando bajaba al Atelier y se ponía a esbozar los diseños para las próximas colecciones.

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“Reflejos azules al atardecer”

“Todo tiene textura, no es una sola. Cada arte, cada objeto, cada ser vivo tiene su textura,” exclamó la Niña de la Aguja. Había encontrado la respuesta quizás más asertiva.

Los alumnos aguardaban silenciosos. La voz de la Maestra, a ratos baja, a ratos más elevada, llenaba el espacio. La mirada cabizbaja transmitía las sensaciones.

“¿Qué es la textura?, me preguntasteis ayer.” La Maestra hizo una pausa.

“La textura nunca es la misma,” especificó la Niña de la Aguja. “Entre las infinitas variedades elegiré unas que se subordinan al estilo. Llegan al alma y conmueven el alma.”

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“Reminiscencias en verde antes del anochecer”

La pausa se prolongó demasiado para la impaciencia de quienes aguardaban impacientes. Resonó la voz de la Niña de la Aguja.

“Y las texturas que he elegido son... Los sabores, los tejidos, la música, el baile.”

“Se expresan a su modo singular, irrepetible según la persona que los siente y saborea, roza y siente, escucha y percibe.”

“La textura de los tejidos es más fina o más concisa al tacto. Las yemas de los dedos acarician el tejido. Se deslizan por la superficie. Perciben la suavidad de la textura o el grosor. Evocan el cuerpo humano. Si la textura del tejido es fina, se acomoda a las trepidaciones corporales. Refleja la seguridad o la inseguridad del alma humano. Si la textura es firme surgiere las vibraciones. Acentúa los gestos libres, camufla las incertidumbres.”

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“La vestimenta de la noche con sabores a chocolate y café…”

“La textura de los alimentos suscita los sabores. Densas y ligeras, sutiles y fuertes. La textura matiza el contenido de los platos. La delicadeza o la intensidad de la textura generan un sabor memorable. La textura es el alma de la comida. Satisface el hambre, nutre las emociones.”

“Y la música, el baile, ¿posean una textura?” exclamó una alumna ansiosa. “No se rozan, no se sienten al tacto, los dedos no se deslizan por la superficie”. 

“La música, el baile, son todo texturas. Texturas compuestas y yuxtapuestas, texturas tan variadas como la imaginación humana. 
El ritmo junta la música y el baile. Interpreta sus texturas. Alegra o entristece, anima o desanima. Incita las vivencias, evoca los recuerdos.”

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“El ritmo impone al baile a seguir la música. Se crea una simbiosis en la cual la textura se encarna en los movimientos de los bailarines. Y cada bailarín con su propio estilo desvela las múltiples variaciones de la textura de la danza y la música.”

“¿Y el estilo, Maestra?” cortó el silencio otra voz. La pregunta que la Niña de la Aguja aguardaba sin intención de adelantar. “¿Cómo se adapta a las texturas ? ¿Tiene su propia textura?”

La Niña de la Aguja sonrió. La satisfacción iluminó su cara. Les había marcado el camino al alma de las texturas.

“El estilo une las texturas. Las ahorma a la personalidad.”

“El estilo es la herramienta con la cual el diseñador embellece las formas corporales. El chef transforma los alimentos en un deseo y un placer.”

“El estilo viste de emociones a la música. Adorna de sentimientos al baile.”

“Se conjugan de dos en dos. Se alternan en el dúo. A veces forman un cuarteto, a veces son un solo. Texturas.”


tejidos que seducen
sabores que nutren
ritmos que conmocionan
estilos que enamoran


P.S. A Fely Campo y a José Luis García por confiar en mí.
A Fely y José Luis y a todos ellos, el Ballet Fundación "Aicia Alonso" y la Escuela Municipal de Hostelería de Santa Marta de Tormes, quienes supieron cómo convertir las texturas en una vibración de sabores, sensaciones y emociones, "Texturas en movimiento".

Fely Campo. Más de 50 años dedicada a la moda

B.S.
el 20 de agosto de 2025
La Casa del Bosque

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