Al empujar el portón pesado de una casa antigua, comienza la narración. El inicio suena en pasado. La continuación se vive en presente. El anfitrión con amabilidad recibe en el zaguán. Invita adentro. Ofrece comida recién hecha a los que desean quedarse. A los apreciadores de vivencias que emanan del entorno, narra la historia del “Hombre que pasea las carnes”.
Acullá, no lejos del Fin del Mundo, los lugareños respetaban las reglas no escritas de denominar los poblados con nombres descriptivos. Facilitaban indicaciones adicionales para no perderse cuando el sol y las estrellas escaseaban. A uno de ellos, situado en un terreno de breñas, le habían asignado el apelativo inconfundible, A Fraga. Un breñal en una tierra pedregosa.
Las casas se asentaban en la llanura rodeada de bosques. Las breñas cubrían los montes que las rodeaban. Los árboles altos las protegían del viento que venía del Océano Atlántico sin privar a los aldeanos de los privilegios que el mar les ofrecía. Los lugareños labraban y cultivaban la tierra, criaban y cuidaban del ganado, pescaban y mariscaban en el mar.
Las casas se construían de piedra maciza. Más bajas de altura, más anchas de dimensiones. Las estructuras no diferían tanto entre una y otra. El zaguán presidía la entrada. El patio acogía a los animales. El hórreo custodiaba el tesoro más valioso de la casa, la comida. Guardaba los cereales, a veces el pescado seco, que alimentarían a la familia y los animales. En una de aquellas casas de piedra, que se heredaba de generación a generación, vivía un niño.
La casa antigua, ubicada casi en la entrada del pueblo, custodiaba los sueños del niño. Le era el cómplice fiel en las aventuras inconfesables. El pasatiempo del pequeño transcurría entre los bosques y el mar, entre las labores de campo y las tareas domésticas, la escuela y los estudios. La casa de sus abuelos se había convertido en el refugio donde todo le parecía posible.
El niño solía jugar entre las breñas dispersas por las colinas, corría por los montes, se zambullía en el mar. Cuando se cansaba de los juegos, se escondía en el bosque o se sentaba en la orilla cercana del Atlántico. Soñaba y soñando arribaba a tierras ultramarinas. Sus sueños eran los sueños de un niño. Unos más reales, otros más surreales. Algunos más fáciles de cumplir, otros más difíciles de conseguir. Ser futbolista, viajar, navegar, descubrir el mundo. Construir un lugar adonde traer lo que había visto y había conocido.
Cuando se cansaba de buscar tesoros por el bosque, volvía al pueblo y recorría las callejuelas serpenteantes entre las casas de piedra. Al anochecer, se escondía en la antigua casa de sus abuelos donde continuaba jugando y con los sueños soñando.
El niño creció. Se transformó en un hombre alto y valiente. Se fue en busca de los sueños soñados. Se hizo futbolista. Cuando el destino cambió de rumbo, cambió de oficio. Regreso al pueblo. Se involucró en los asuntos municipales, se dedicó a mejorar la cotidianidad de los aldeanos. Se reavivaron los sueños del niño que soñaba en la antigua casa.
El hombre alto y valiente volvió a las aventuras del niño que jugando soñaba. Aprendió lo que no sabía, estudió, viajó, volvió a volver al pueblo donde el inmenso universo de aquel niño se mantenía intacto.
Se detuvo en frente de la antigua casa de piedras. Mucho había cambiado. Se desvanecía en el olvido. Silenciosa, expectante, resistía a la soledad, se oponía a la dejadez.
El hombre no vaciló. Cumpliría un sueño suyo donde lo había soñado. Decidió convertir la antigua casa en un lugar donde los lugares del mundo convivirían y se complementarían.
Reformó la casa. La readaptó al sueño. Tenía un apoyo valioso. Ya eran dos en el sueño. Él, más visible, ella, más visible invisible. Él contaba el sueño, ella lo visualizaba y ornamentaba. Él se ocupaba de la obra, ella, de darle encanto y estilo.
La antigua casa se transformó. Ganó dimensiones, adquirió elegancia y coquetería. Suscitaba el hogar que había sido. Algo aún le faltaba. Requería nombre, marca e imagen.
El hombre se sentó en el añoso banquito que presidía la entrada. Pensó en el abuelo Lino. Su gran sostén, amparo y protección. Sabía cómo animarle cuando el Norte se perdía o regañarle cuando se lo merecía. El tiempo se paró demasiado pronto. No permitió al abuelo Lino cumplir con un deseo del nieto. Construir una bonita taberna en el desvío que dirigía al pueblo.
El hombre sonrió. Manos a la obra. El nombre lo tenía al alcance. El abuelo, siempre a su lado hasta cuando no estaba, lo acompañaría en la aventura. Colocó un letrero en la pared. Grabó con esmero las letras en la madera, Taberna A De Lino.
“De tantos lugares por los cuales pasé, de tantos cambios de rumbo y vueltas del destino, soy un hombre que pasea por los caminos del destino”, debió de pensar el hombre.
Cogió una hoja blanca. Con un lápiz afilado, esbozó su propia imagen. Debajo escribió, “El hombre que pasea las carnes”.
Se conectaron el pasado y el presente del niño que paseaba soñando y el Hombre que pasea las carnes. Nació una taberna con una propia marca. Un hogar lugar aparte en el cual se viven las tradiciones, se respiran las costumbres, se saborean los sabores.
Visitar A de Lino no resulta tarea fácil. Primero se debe ubicar el pueblo. Un pueblo que empieza mucho antes de que se llegue al pueblo. Unas letras negras sobre fondo blanco avisan con antelación. Quizás por no perderlo, quizás por darle más notoriedad. Se lee una sola palabra, bisílaba. Escueta y concisa. A Fraga.
Un desvío apenas visible desde la carretera principal sugiere por donde se ha de continuar. Al desviarse, cuesta no vacilar si se ha elegido la cuesta correcta. Las dudas se disipan sólo al llegar al destino. No hay error. “Ha llegado. Su destino está a la izquierda”, advierte una voz desde el dispositivo móvil. A la derecha, a la altura de los ojos, las letras incrustadas en un letrero de madera afirman, Taberna “A De Lino”.
La vista avista una casa antigua. Una casa de piedra cuya arquitectura no defiere de las casas características de las Rías Baixas. Baja de altura, más amplia de anchura.
Un silencio profundo envuelve el entorno. Los pasos resuenan por el asfalto y las baldosas. Se escucha el griterío de las gallinas en la casa de al lado y el ladrido alegre del perro que intenta jugar con ellas.
El patio abierto preside la entrada. Un senderito de piedras encamina al portón pesado que resiste invencible a los ataques de la lluvia y la humedad. Un buzón, bien acomodado en el césped verde, da la bienvenida. Presume de sus muchos años. Oxidado, no se rinde a la oxidación. Desde el lado opuesto compañía le hace un banquito de roble que cuenta los años de la casa. Seduce a un reposo placentero con una bebida y una tapa en la mano. Una barrica que otros oficios desempeñaba, sirve de mesita. La rodean unas sillas altas fieles al estilo de la casa, hechas de madera.
El portón se ha de empujar con fuerza. Sólo una de las hojas se despega. Gira alrededor de las bisagras. El umbral alto advierte no tropezarse al pisar. Abre paso al zaguán tradicional de la casa. Incentiva a aprender una palabra más en gallego, el quinteiro. Ya no entran los carros con los bueyes y las vacas. Donde los zuecos dejaban huellas y traqueteaban en el quinteiro, zapatos y zapatillas de lujo y marcas de renombre pisan el suelo de madera y se deslizan por los azulejos coloridos.
Al quinteiro le han asignado una tarea distinta. Ha metamorfoseado en un salón acogedor. Ni demasiado amplio, ni demasiado pequeño. Acobija dos estilos y dos épocas distintas. No se excluyen. Se complementan. Uno preserva lo antiguo, lo otro aporta lo mundano moderno.
Separado entre dos espacios diferentes, el salón quinteiro ofrece una atmósfera de relajación y descanso. Las mesas a distancias respetuosas aseguran la privacidad de los comensales. Ni se sienten alejados, ni se perturban las conversaciones privadas.
En el extremo opuesto del salón, la chimenea sugiere acomodarse en una butaca con el café, charlar, abrir un libro y dedicarse a leerlo. Los sillones coloridos combinan los colores que se asocian con el sol y el mar. Emanan reminiscencias de un entonces y un ahora. En el quinteiro donde un niño jugaba soñando, otro niño resignado ante el aburrimiento, aguarda sentado en un sillón amarillo, consciente de las responsabilidades de su padre. Ajeno al entorno, deja pasar el rato jugando a un juego en el móvil. Lo sabe. Su padre se le acercará en algún momentito libre y lo abrazará con afecto.
Una escalerita desorienta la atención. Se divisa otra sala, más pequeña. Ninguna puerta la separa del amplio espacio, mas se mantiene alejada. Si los clientes lo prefieren, pueden esconderse de las miradas ocasionales.
La decoración combina tradiciones locales con materiales de otros lugares. Las piedras gruesas reflejan el sistema antiguo de construcción. Se construía con aquello que se tenía al alcance. La piedra.
Se adquieren conocimientos sobre las variedades de madera y los árboles típicos de regiones diversas. La madera suaviza el gris frío de las piedras. Suscita el calor de una casa.
Se percibe como la casa rural ha ido cambiando poco a poco, integrando los espacios y cogiendo amplitud. El suelo de madera marca la frontera existente inexistente. Se sale del salón. Los azulejos coloridos conducen a la barra y a la cocina. Una puerta de cristal reorienta a la terraza rodeada del jardín. Sería el patio en el cual se paseaban las gallinas, los animales reposaban y el perro perseguía a los gatos.
El hórreo silencioso hace compañía a los columpios. Más disfruta de su versión actualizada. Ha dejado de simbolizar el estatus social. Con el hórreo se medían la riqueza y el poder de las familias en los pueblos gallegos. Un hórreo de más patas, una familia más rica. El tamaño aumentaba en números pares, de dos en dos. Más patas, más rica la familia, mejor estatus social.
Hora de sentarse a la mesa... Los platos ordenados en la carta son varios a la medida exquisita. La calidad prevalece a la cantidad. Intentan satisfacer gustos diferentes. Aunque las carnes reclaman la atención, se ha pensado en los vegetarianos y los veganos.
Los productos se eligen con cautela. Acercan a las tradiciones y los oficios locales. Se adquieren conocimientos de costumbres e historia. Se conocen a la rubia gallega y la morena gallega que aportan tanta fama a Galicia.
Las preferencias de cada gusto se respetan. Los huevos son de las gallinas de una casa o granja pequeña muy cerquita. El pulpo del Atlántico que se percibe en el horizonte azul. Los postres salen de las recetas caseras.
Lo que no se hace y no crece en la zona, los otros reinos lo aportan. Mientras se comparte una comida o cena se comprende qué es la sostenibilidad. Combinar las regiones, apoyarse unos a los otros.
Lo local se fusiona con lo universal. Así de simple, a través de la comida. Desde Galicia se viaja por la Península Ibérica. El Sur visita el Norte. El Norte se conecta con el interior. Se aprovecha la proximidad para conocer Portugal.
La cerveza viene de un productor artesanal de Segovia, el aceite de oliva de Andalucía, los vinos recorren la geografía siguiendo la climatología y las variedades de la uva. Vinos tintos o blancos acompañan a los Albariños. El Oporto acerca a Oporto. El Hombre que pasea las carnes, la marca distintiva de la casa, los une sin privar a los productores del propio protagonismo.
Una panadería local se encarga de asegurar el pan imprescindible en la mesa. Huele rico. Caliente. No se le resiste. Se moja en el aceite a la espera de que llegue la comida. Cuesta detenerse y reservar algo espacio para lo que viene después.
Nada y mucho ha cambiado en aquella antigua casa de piedra. Donde el niño jugando soñaba en el quinteiro, el Hombre que pasea las carnes acerca a su tierra y aviva la historia a través del paladar.
Hurgó en el pasado de la tierra pedregosa. Encontró las huellas que el Rey Alfonso XII dejó en Moaña. Las rescató del polvo y sacó del olvido. Encontró la mejor forma de contar el pasado. Empleo dos herramientas. La comida y la antigua casa familiar. Con sentarse a una de las mesas, continúa la narración...
Un deber impuso a Alfonso XII viajar a aquella tierra pedregosa. Un asunto triste lo obligaba a hacer el largo recorrido desde Castilla a Galicia. Llegó al destino. La gente de Moaña ofreció al Rey un plato sustancioso. Le gustó. Más aún, le encantó, confirman los testigos que lo acompañaban. Se estableció una tradición. Cada año la gente de Moaña enviaba al Rey Alfonso XII aquel manjar de Moaña.
Cuál sería el majar... Descubrirlo, a Fraga ha de irse. Degustarlo, Taberna A de Lino se recomienda visitar. El Hombre que pasea las carnes a un paseo por el terreno pedregoso de Moaña invitaría y descansar entre los bosques de A Fraga aconsejaría. El manjar de Alfonso XII entre otros serviría.
Al fijarse en el dibujo que adorna los productos y la carta, no se tardará en reconocer al anfitrión que en el zaguán con amabilidad recibe y con un sincero gracias se despide. El Hombre que pasea las carnes.
Cuando un día por el desvío a A Fraga el destino se desvíe, mejor llamar y hacer reserva antes. Si alguien se despista, el Hombre que pasea las carnes a nadie devolvería. Una solución encontraría.
Y, ¿el por qué de “El Hombre pasea las carnes”?, mejor visitarlo y preguntarlo en persona. La respuesta no evitaría.
A Fraga, Moaña, Galicia... Taberna A de Lino. El Hombre que pasea las carnes. Uno u otro, da lo mismo, es lo mismo.
A Taberna A De Lino
Lugar a Fraga, 29
36959 A Fraga
Pontevedra
La Casa del Bosque, el 5 de agosto de 2022
B.S.