Un museo fuera de horario

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Donde antaño el Océano Atlántico marcaba el sendero a las oportunidades lejanas y los gallegos partían en barcos hacia un porvenir desconocido, hogaño los cruceros marcan un camino distinto. Un destino hacia Galicia en busca de secretos y oportunidades escondidas entre los callejones sin salida de su capital o dispersas por los pueblos del Sur al Norte.

Galicia, un nombre que denomina un lugar, una tierra llena de cultura y tradiciones, donde los celtas y los romanos dejaron sus huellas para que se siguiesen descifrando siglos después. Todo ello es Galicia y mucho más. Sus secretos están marcados en cada barca que sale de Vigo o desde A Coruña. En cada playa de las Rías Baixas se esconde un paisaje de aguas cristalinas y rías en forma de piscinas. Las casas de piedras del Sur gallego guardan y desvelan historias de meigas y curandeiros, y las del Norte nos dirigen a un pasado glorioso y un presente que continúa preservando la historia viva detrás de los jardines coloridos y fachadas indianas que no cesan de evocar un esplendor y una fortuna.

Si el Atlántico determina los puertos de A Coruña y Vigo, los ríos Sil y Miño llevan hacia otras tierras gallegas. Adonde todo depende y nunca se sabrá de qué. Adonde la naturaleza y la fortaleza humana de los gallegos continuarían preservando el oficio que heredaron de los romanos, cultivando las viñas por declives imposibles y con esfuerzos que limitan con lo sobrehumano.

Y en el centro de la diversidad gallega se yergue la ciudad de Santiago de Compostela, marcando el epicentro del camino de Santiago y abriendo el horizonte hacia los secretos mejor guardados de sus callejones y esperanzas a las que se llega superando los vericuetos intransigentes del Apóstol Santiago.

Siguiendo las estelas que dejaba por el camino el Apóstol de Santiago, se llegaría a la ciudad compostelana y los campos de estrellas, que se esconderían en el nombre y convertirían a Santiago de Compostela en símbolo de la fortaleza humana y el espíritu invencible de conseguir hasta lo “imposible”. El camino de Santiago terminaría en la Plaza do Obradoiro, donde los peregrinos y los turistas se acostarían en el pavimento y acabarían o empezarían un viaje interminable con las vistas más preciosas de la Catedral hacia el azul del cielo y las aguas del mar.

Y si el camino de Santiago acaba en la Plaza do Obradoiro y la Catedral de Santiago de Compostela, el camino hacia el mundo gallego, sus leyendas, tradiciones, cultura y sabiduría popular se inicia justo allí... El destino ya está marcado, la puerta se está abriendo y al viajante le queda tan solo elegir por dónde comenzar. Con una tarta de Santiago y un café en el Parador, o visitando las playas y los pueblos celtas de la Rías Baixas o hurgando en el pasado del Norte y admirando los acantilados de las Rías Altas...

En la Plaza do Obradoiro, se divisa un pasado, un presente y un futuro. En la combinación entre monumentos igual de ostentosos y simbólicos, cuya arquitectura evoluciona del estilo románico a la mezcla entre lo espiritual y lo misterioso, se asoma un edificio tan particular como único. Particular por sus funciones y único por su destino. El Hostal de los Reyes Católicos.

Las miradas curiosas atrae y deseos de cruzar el umbral provoca. Quizás sea el monumento que más compita con la Catedral de Santiago sin intención ninguna de competir. Una edificación imponente que a nadie indiferente deja cuando se adentra en la Plaza de Obradoiro o se detiene en frente de la Catedral de Santiago. Inconscientemente la vista gira de las torres catedralicias a la izquierda y la sublimidad reclama la atención, antes de descubrir que el edificio con unas puertas de cuento de Hans Christian Andersen es un hotel que esconde historias y secretos aún no desvelados.

Sin pretensiones de presumir y destacar por encima de sus vecinos centenarios, el Hostal de los Reyes Católicos se convierte en uno de los más enigmáticos, siendo a la vez un hotel de lujo, un monumento histórico y un lugar misterioso. Invita a asomarse al esplendor y a las penurias que han atravesado y magnificado la ciudad compostelana. Y a su manera sigilosa revela los secretos a los que desean conocerlos o permite a los huéspedes que disfruten del placer de hospedarse en un hotel exclusivo, indiferentes a aquello que el silencio susurra y las estancias acallan.

Al acercase al portal majestuoso y fachada solemne en la cual llaman la atención los balcones amplios y las ventanas pequeñas, muy pocos o casi ninguno de los visitantes pensaría en que estaría a punto de entrar en un mundo aparte donde antaño existía un “reino” independiente con reglas ajenas a las mundanas que definían el orden, establecían las leyes, velaban por la disciplina, castigaban o apremiaban, salvaban vidas y ayudaban a los más necesitados.

Las cadenas de hierro forjado en frente del Hostal de los Reyes Católicos siguen marcando y defendiendo un territorio intocable. Casi inapercibidas permanecen. Marcan las fronteras y el universo del Hospital Real protegen. Allí terminaba un mundo y detrás de las cadenas macizas comenzaba otro, aislado de la vanidad exterior y orientado a la vida del interior.

Afuera, al otro lado de las fronteras que separan el Hostal de la ciudad, es un frío a principios de noviembre. La lluvia es impía. Como si este día estuviese lloviendo “de una vez por todas”. La Plaza do Obradoiro está vacía. En el portal que da paso al interior, una chica espera a sus amigos.

En el espacio entreabierto entre el portal, la recepción y el lobby del Hostal no hay nadie. Ni siquiera se perciben los pasos de los huéspedes alojados en el hotel. Mientras intenta divisar las siluetas estampadas en los charcos que cubren el pavimento de la plaza, se concentra en el zumbido que le llega del primer claustro detrás de su espalda. -

La chica se acerca al claustro y se fija en la sombra que la fuente dibuja sobre las piedras mojadas. El único ruido viene de las gotas pesadas que caen con fuerza sobre las baldosas. Los chorros de agua se deslizan por los tejados. Resuenan con fuerza, provocando la sensación de haber penetrado en el Hospital Real que los Reyes Católicos mandaron a construir.

Las luces del anochecer invitan a perderse por el laberinto infinito entre los cuatro claustros, la iglesia, los pasillos, las celdas, la botica, la cocina, la enfermería...

Los destellos nocturnos reavivan la cotidianidad del Hospital Real en el cual el Administrador Real gobernaba. Con sutileza el territorio independiente dirigía. Un gobierno había formado y de una plantilla de 60 personas disponía. Las tareas redistribuía según los conocimientos. Un orden estricto imperaba. El Administrador Real a nadie consentía que con las manos cruzadas se quedase, repartiendo las tareas o adjudicando los trabajos más duros a los delincuentes cuyas vidas había salvado.

Se cubrían todos los oficios a través de los cuales un reino funcionaba. Los sanitarios velaban por la salud y a los enfermos ayudaban. El boticario en la botica obraba. Los medicamentos preparaba y las pomadas mezclaba. Los administrativos se encargaban de que nada faltase en el día a día y las actividades fluyesen. Los capellanes en las misas se turnaban, los deberes por rangos en la iglesia desempeñaban y el apoyo espiritual ofrecían.

Las necesidades y las vanidades humanas no quedaban desatendidas. Ningún oficio faltaba en el Hospital Real. El cocinero, el hortelano y el despensero saciaban el hambre. El pintor las paredes y los espacios embellecía. El herrero, el carpintero, el tonelero, el calderero, el latonero y el estañero cualquier avería frenaban y la armonía diaria garantizaban. El joyero las joyas elaboraba y preservaba, y el platero les sacaba el provecho y al mejor precio las vendía. La costurera y el sastre del vestuario velaban, y la lavandera de la higiene personal cuidaba.

En días soleados los patios interiores se iluminaban, y el sol fomentaba el crecimiento de las plantas medicinales en el antiguo jardín. Cuando llovía y hacía frío, el silencio imperaba.

Al amparo de la noche, el Administrador Real a sus aposentos se retiraba, mientras se seguía oyendo el ruido de los jarritos del boticario, el crujido de las hojas dispersas por el escritorio del mayordomo, el traqueteo de las cucharas y los platos en el comedor, los rumores desde la cocina.

En la biblioteca los médicos aún consultaban los libros, dejando sus huellas por las páginas desgastadas de tanto abrir y cerrar. Al bajar al subterráneo, donde en la actualidad los dos restaurantes se sitúan, se divisaban los rostros serios en la sala de autopsias y las sombras de los trabajadores que el oficio más triste en la oscuridad de la noche desempeñaban.

Al amanecer, los peregrinos se cruzaban con el Administrador Real que caminaba cabizbajo y absorto en sus pensamientos. El mayordomo volvía a inclinarse sobre los cálculos y se ocupaba de la economía del hospital.

La iglesia se llenaba en horario de misa, y en lo alto, se observaban a los convalecientes que escuchaban desde las camas. Los peregrinos se irían turnando, dejando sus huellas invisibles y arrastrando sus desgracias. Vendrían de la Rusia remota, del Norte y del Sur de Europa, de países con nombres impronunciables y en el Hospital Real los recibirían, ayudarían y despedirían. Y nunca nadie confirmaría si el camino de vuelta habían desandado.

De repente unas voces conocidas devuelven a la chica a la contemporaneidad del Hostal. Son sus amigos, haciendo una sesión de fotos como si fuese una ceremonia solemne en homenaje al edificio. 

Mientras los observa, la chica recuerda cuando por primera vez cruzaba el umbral del Parador de Santiago. Era invierno. La cafetería estaba casi vacía. La mezcla de olores a postres, café y madera antigua le daba un aire muy acogedor y mágico. La chica todavía no conocía Galicia y mucho menos las leyendas de meigas y curandeiros, bruixas y magos que tanta magia transmitirían al lugar, y de cuyos conocimientos los médicos del Hospital Real aprenderían. Mientras degustaba la tarta de Santiago y disfrutaba del café, sentía como el sitio la atraía e incitaba a conocer. 

La austeridad antigua del hospital contrastaba con el lujo de las estancias del hotel, mientras las siluetas del Administrador Real y los peregrinos exhaustos se transformaban en los huéspedes contemporáneos del Hostal.

La chica recorría los pasillos, por los cuales los siglos se turnaban. La historia del siglo 20 se vislumbraba. Se detenía delante de los cuadros. Leía la explicaciones y seguía la ruta indicada en el plano del Hostal. Unas puertas cerradas provocaron su curiosidad. Se fijó en el texto en frente de la habitación 301. Se llamaba la “Habitación del Caudillo”. Era el dormitorio y despacho de Franco cuando visitaba la ciudad. Quizás desde el balcón el Caudillo observaba la Plaza del Obradoiro y controlaba hasta lo incontrolable. Desde la estancia entraba en el salón amplio con vistas infinitas a la plaza y a la montaña, y se dirigía a la sala de fumadores aunque a nadie concedería fumar en su presencia.

Al lado de la 301 se divisaba otra puerta, número 302. Una habitación diminuta, con su propio secreto e historia a contar. La chica reparó en la puerta grande que encerraba y unía las dos habitaciones. El espacio se transformaba en una “casa-apartamento” cuando la situación lo requería.

Al extremo opuesto del pasillo se escondía quizás la joya de todas las habitaciones del Hostal. “La Habitación del Cardenal”... Una habitación que suscita lujo y simpleza. Dos camas enormes forman un conjunto. En el porqué son dos camas consisten un enigma. Se hizo para el Papá que nunca vino. Mandó al Cardenal Roncalli quien dio el nombre de la habitación y años después ya todos como el Papa Juan XXIII lo conocerían.

En compañía de sus amigos, la chica vuelve a hacer el recorrido como aquella primera vez. Se para en frente de la Habitación del Cardenal. Y se pregunta, ¿cuántos de aquellos que en la Habitación del Cardenal se hospedan, se darían cuenta de que en la cama de un Santo habían dormido? ¿O realmente se interesarían por la historia detrás del nombre de la habitación?

Afuera la lluvia no cesa. Cuatro personas caminan en fila por las alfombras rojas. Forman un grupo multicultural que tres naciones combina. A ratos se detienen y a ratos se persiguen por el laberinto de pasillos estrechos con vistas a los claustros y ventanas a través de las cuales se alcanzan los tejados de ciudad, las montañas y las torres de la Catedral. De repente un señor holandés se detiene y se dirige a la chica con una sola frase, breve y escueta: “Me siento como en un museo fuera de horario”. Acababa de dar la mejor descripción del Hostal de los Reyes Católicos.

La noche ya está cayendo. En el Hostal de los Reyes Católicos se pasea la versión contemporánea del peregrino. Personas sonrientes, contentas, satisfechas... El eco de sus pasos sonoriza los claustros y los insonoriza de la vida mundana.

En la lejanía detrás de los muros gruesos de piedra se escucha la música del gaitero de turno. El gaitero que para los turistas sería una atracción, y para los huéspedes del Hostal y los residentes del entorno, acaso una pesadilla...

Un día más está a punto de terminar en el Hostal de los Reyes Católicos. Un Museo fuera de horario sin un horario de apertura y cierre.

A Julio Castro que me guío en lo invisible mientras por los laberintos del Hostal de Reyes Católicos me desviaba, antes de ir a abrir las puertas de otro museo contemporáneo con vistas al Atlántico, el Parador de Muxía.

¡Gracias mil, Julio! ¡Gracias mil por hacer inolvidables los “Museos fuera de horario”!

La Casa del Bosque, el 24 de marzo de 2020
B.S.

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